Lorde — Melodrama

El siempre difícil segundo disco lo será para otros

Tampoco vamos a jugar a ser aquel adulto que intenta saber si su hijo adolescente consume drogas mediante el uso de jerga juvenil (de cuando él era joven, quiero decir) con los colegas del chaval. Seamos conscientes de que hemos madurado, de que nuestro carácter y nuestras irreductibles convicciones se han vuelto, en general, bastante tibias. Y que la tibieza es un coñazo, así por definición. No pretendo con ello que nos fustiguemos por haber caído en varios aspectos condenables en cuanto a nuestra personalidad. Por supuesto que ahora mismo somos gilipollas, pero como tales está bien que sepamos querernos a pesar de ello.

Ya nada nos emociona como antes y, de alguna forma, a pesar de intentar hacer un esfuerzo de empatía, nos cuesta conectar con quien (permitidme forzar un poco la máquina) podría ser nuestra hija sin caer en lo ridículo. Rechazamos vestimenta que no sea estrictamente neutra, y escapamos de las estridencias. No conectamos con el punto de vista de quien hoy tiene 20 años, como no conectaban con nosotros nuestros referentes mayores cuando nosotros los tuvimos. No entendemos el mundo que nos describen, su mundo. Ni su estética, ni sus ideales, ni su música. Y como no lo entendemos, tendemos a infravalorarlo, denostarlo. A insultarlo, incluso.

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Y eso es más o menos casi siempre así, hasta que llega gente como Lorde y nos hace abrazar su mundo, mientras consigue que lo hagamos nuestro. La veinteañera de Nueva Zelanda debutó hace cuatro años (tenía 16 PUTOS AÑOS!!!!) con aquel petardazo mundial que fue Pure Heroine (Lava Records, 2013). Aquello fue una enormidad que pilló seguramente a la propia Ella Marija Lani fuera de juego. Luego, tres años y pico de un interminable silencio, hasta principios de este 2017. Y, con el silencio, la duda. La amenaza de haber depositado demasiadas esperanzas en una artista tan extremadamente joven. La sombra del siempre difícil segundo disco, así, como frase hecha. Incluso la propia artista amagando varios enfados en redes sociales (ante la solicitud de los fans de una continuación) alegando que no era un robot capaz de fabricar canciones de forma fría y aséptica. Mal rollo. Mal pronóstico.

Así que, convertida ya en icono pop (a pesar de que al final Pure Heroine era un disco con muchísimo carácter intimista y no siempre ánimo comercial), llegó por fin Melodrama (Lava Records, 2017), uno de los discos más esperados del presente año. Y ha resultado ser una extraordinaria maravilla. Un punto de encuentro de cada puñetero melómano del planeta. Una conexión continua con cada mensaje de Lorde, desde los más bailables hasta los que te desgarran por dentro apenas con voz y piano. Un éxito rotundo y un candidato clarísimo a disco del año.

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Conocíamos ya algún tema, entre ellos, ‘Green Light’, un adelanto extraordinariamente efectivo (sí, ya sé que cuando salió me referí a él como “sietecomacinquismo”, pero la culpa es vuestra, por hacerme caso). Un jitazo bailable hasta la extenuación, una de las canciones más redondas para ese fin en los últimos meses. Pero es cierto que Lorde parece ser algo que va mucho más allá que un conjunto de estribillos pegadizos. De hecho, por buenas que me parezcan ‘Green Light’ y ‘Supercut’, el otro corte con finalidad de pista de baile, creo que Lorde saca lo mejor de sí en los medios tiempos. Prueba de ello puede ser la atracción centrípeta de canciones ma-ra-vi-llo-sas como ‘Sober’ o ‘The Louvre’ en un inicio de disco realmente mágico.

Además, como venimos adelantando, Melodrama muestra a una artista llena de recursos. Que navega con comodidad especialmente insultante en varias etiquetas, muestra de ello es el baladón que se saca de la manga con ‘Liability’, los coqueteos hip-hop de ‘Hard Feelings/Loveless’, con cambio de tercio brutal a medio tema, entregándose en mayor medida al R&B, o el atractivo indomable de la voz de Lorde en ‘Sober II (Melodrama)’. Inapelable. Más aún teniendo en cuenta que Lorde ha afrontado un poder todavía mayor a la hora de escribir y producir el álbum (con la ayuda de Jack Antonoff, de Bleachers). Una sensación de dominio dictatorial de resultado mayúsculo.

Podríamos seguir hablando de cortes por separado, pero mi diccionario de sinónimos va pidiendo un descanso. No hay hueco de Melodrama que no merezca ser recordado durante muchísimo tiempo, y a Lorde hay que empezar a tomársela indiscutiblemente en serio. Es pronto, son solo dos discos, pero bien podríamos estar ante la artista que dominará el mundo del pop (al menos del pop no pura, única y exclusivamente mainstream) durante las próximas décadas.

8,82/10


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