Arcade Fire — Everything Now

Una perfecta maniobra de alta traición

La historia está llena de traidores. Desde algunos más antiguos, como Judas o Brutus, a otros traidores más acordes con los tiempos modernos, como hay quien entiende a Edward Snowden. Los traidores más molones, o los que más nos vendrían probablemente a la cabeza, estarían seguramente en el cine o en la televisión. Véase para ello un capítulo cualquiera de “Juego de tronos”. En ese caso, podríamos decir que los traidores nos divierten, es parte del encanto de encontrar a alguien malo, vil de toda vileza y que al final a ti tampoco te toca especialmente las narices. Otra cosa es la vida real, cuando entregas tu confianza a alguien que juega con ella, la mastica y la escupe, la cosa deja de hacer tanta gracia.

Lo mío con Arcade Fire (bueno, lo mío y lo de media humanidad) fue una historia de amor nacida en un flechazo absoluto y una continuación hacia el amor duradero. De esos que sabes que morirán el día que tú lo hagas, porque hasta entonces nada podrá derribarlo. En Arcade Fire, y eso es culpa mía y de nadie más, deposité mis esperanzas para no envejecer, vía emocionarte con una banda de música como no conseguías hacerlo desde los veinte años. Todas las demás estaban bien, algunas eran excelentes, pero los clics emocionales pertenecían a otra época vital. Los canadienses los rescataron y el romance parecía eterno.

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Pero uno da el “sí, quiero” con convencimiento cuando, al final, todo se va yendo progresivamente a la mierda. Aún así, perdonas cosas como Reflektor (Merge Records, 2013), e intentas seguir viendo la virtud de aquel que te llenó de mariposas el estómago. Nadie es perfecto, se lo debes, pero la cosa molaba bastante más cuando no tenías que buscar excusas o justificaciones para amar, simplemente te salía como única vía posible.

La cuestión es que, como tantas otras veces en esto de la música, Reflektor sí funcionó estupendamente a nivel comercial. La poca gente que dejó el barco fue sustituída por otra tanta o más (tampoco es que Arcade Fire necesitasen un gancho comercial, ya ocupaban los carteles de cualquier festival del mundo como reclamo absoluto). Así que, dado el éxito del experimento, quedaba por ver si, como parecía, Arcade Fire seguirían esa misma línea o la cosa se iba a quedar en una canita al aire y la banda volvía a una senda que los situase como uno de esos grupos a los que, dentro de décadas, todos juzgasen con el preciso respeto.

Pero la historia de amor, efervescente al principio, más maduro después y algo difícil en las últimas épocas, toca a su fin. Everything Now (Columbia, 2017) me obliga hasta a mí a bajarme del carro. Con toda la pena del mundo. Pero lo cierto es que el resultado es absolutamente anodino, desprovisto de magia y encanto. Incluso vulgar, para una banda que había hecho lo que ellos habían conseguido hacer. Hay algún rincón de bella factura, seguramente con ‘Electric Blue’ o ‘Creature Comfort’ a la cabeza, pero si tuviésemos que crear un Top 20 de las mejores canciones de Arcade Fire, tengo serias dudas de que Everything Now pudiese colar alguna en ese rincón.

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Intentaría defender esos cortes y algunos más. Puedo hasta verle cierta gracia al homenaje a ABBA de ‘Everything Now’, y disfrutarlo un poco, copa en mano, bailarlo… pero me olvidaré de él en un par de semanas. Hasta Reflektor tenía cosas como ‘Afterlite’, ‘Reflektor’ o ‘Normal Person’, a las que agarrarse con convicción, en las que confiar de cara al futuro. Everything Now ni eso. Habrá pasado al olvido antes de que nadie pueda evitarlo. Pasará de refilón entre los primeros temas de sus conciertos, mientras todos esperan que lo dejen a un lado y se centren en los demás. Signos de agotamiento, marcas premortem en cada rincón del cuerpo del enfermo.

El cambio en la producción (James Murphy fuera, Thomas Bangalter-Steve Mackey-Geoff Barrow dentro) no parece haber sido la solución de nada. De hecho, hasta esa mezcla de sensibilidades en la producción da más sensación de desorientación que de eclecticismo efectivo. ¿Es entonces Everything Now un mal disco?. Pues mira, si tenemos que ser justos, la respuesta sería seguramente no. Ya hemos dicho que si uno quiere buscar cobijo en él, lo puede hacer a cuentagotas, también en la casi final ‘We Don’t Deserve Love’, un oasis en el desierto que conforma la segunda mitad del disco, lleno de atractivo y magnetismo. El estertor antes de la rendición final.

Existe otra pregunta, o más bien reproche que muchos me estaréis haciendo: juzgar a Everything Now en función de sus hermanos mayores, en vez de como ente por separado. Y aunque me resulta inevitable hacerlo en parte, lo cierto es que la nota final no es mucho mejor si los abstraemos del pasado. El trabajo actual de Arcade Fire no destaca ante casi nadie. Sin su pasado, si solamente existiese Everything Now, Arcade Fire serían una banda del montón, a un par de años de golpearse contra las paredes y aceptar la separación como única salida. Alguna canción atractiva, algún momento más o menos brillante, pero el pozo del olvido y la indiferencia como obligado final.

Trece años después de su debut, siete tras The Suburbs, no sabemos si el motivo de que Arcade Fire hayan llegado a este punto es que no han sabido dar adecuada continuación y gestionar adecuadamente las mieles del beneplácito universal de la crítica o que, simplemente, se han quedado sin ideas. Sin buenas ideas, vaya. La cuestión, la conclusión, es que aquella banda que venía a salvar el (mi) mundo se ha convertido a estas alturas en una de tantas, en un club histórico que en la actualidad se pasa la vida entre la media tabla y los puestos de peligro de descenso.

4,13/10


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